La felicidad de los pececillos.

Simon Leys

En la solapa ya se nos advierte de que Simon Leys es una voz libre experta en desenmascarar lugares comunes, distorsiones morales y apriorismos. Estudioso del arte y la cultura chinas, pero también de la literatura occidental, Leys es un autor que necesariamente debe molestar a los que se mueven dentro de los márgenes de lo políticamente correcto y las opiniones mayoritarias y descafeinadas.

El librito es una recopilación de los artículos que el autor escribió para “Le magazine littéraire” entre los años 2005 y 2006 y contiene esas pequeñas, ácidas y jugosas perlas de pensamiento, a veces a contracorriente y siempre tan elegantes como valiosas.

“nadie parecía comprender que lo que se acababa de oír no era una opinión entre otras, sino una constatación de la defunción de la idea misma de universidad. En efecto, lo que el joven ideólogo había proclamado — sin provocar la menor refutación — era lo ilegítimo de los juicios de valor; pero si la verdad no es más que un prejuicio de clase, toda la empresa universitaria queda reducida a una farsa absurda. ¿Cómo se podría estudiar, por ejemplo, la literatura y las artes sin referirse a la noción de calidad literaria y artística? Sin esta referencia, los dibujos animados de Superman y los folletines sentimentales de Barbara Cartland constituirían un tema de estudio tan válido como las obras de Shakespeare y de Miguel Ángel. Es ésta, por lo demás, la conclusión ampliamente adoptada hoy por la universidad.”

Y así estamos, hoy vale lo mismo un dibujo garrapateado en la puerta de un váter que el David de Miguel Ángel.

Otro ejemplo: “Esta anécdota me encanta, pues atañe a la esencia misma de la cultura: el hombre sensato no se deja impresionar por la firma al pie de la obra, sino sólo por la calidad de la obra en sí. Inútil recordaros aquí la broma graciosa y feroz que un periodista gastó recientemente a diez grandes editores parisienses (os habréis enterado de los detalles antes que yo, pero de todas formas su resonancia ha llegado hasta las antípodas): el cruel bromista sometió a su consideración Los cantos de Maldoror, cambiando únicamente el nombre del autor y el título. Todos los editores — a excepción de uno (¡honor a Gallimard, que supo reconocer su bien!) — rechazaron ese texto, juzgándolo carente de interés. Pero lo chocante en esta edificante historia es menos la incapacidad de reconocer una obra célebre — lo que denota únicamente falta de memoria o de información — que la incapacidad de reconocer una obra genial, lo que delata una atrofia del gusto”

El párrafo anterior se comenta solo. Y sigue…

“«¿Va ahora usted a un psicoterapeuta?». «No — respondió Grant — , en Inglaterra leemos novelas». Medio siglo antes que él, Carl Gustav Jung había formulado en términos más técnicos el exacto corolario de esta misma noción: «Cuando un individuo pierde contacto con el universo mítico, y su vida se ve así reducida al único dominio de los hechos, su salud mental se encuentra en gran peligro». Dicho de otro modo: la gente que no lee novelas ni poemas corre el riesgo de estrellarse contra la muralla de los hechos o de morir reventada bajo el peso de las realidades. Y entonces es preciso llamar con toda urgencia al doctor Jung y a sus colegas para tratar de volver a reunir los pedazos.”

La importancia de leer para aprender a imaginar, y de usar la imaginación para transitar con éxito por la vida.

“Cuando se lee determinadas obras de sociología, de ciencias políticas o de teoría literaria, uno suscribiría con gusto esta sugerencia formulada antaño por uno de mis colegas: lo mismo que los gobiernos de determinados países superdesarrollados pagan de vez en cuando a sus campesinos para que no produzcan mantequilla o maíz, ¿no se podría subsidiar a determinados universitarios para que dejen de escribir libros?”

Este me gusta especialmente. El 90% de lo que se publica es totalmente prescindible, diría que hasta contraproducente.

“Nietzsche hacía notar ya la erosión del ocio civilizado bajo la presión de lo que él consideraba una deletérea influencia estadounidense: Hay algo de salvajismo, propio de la sangre de los pieles rojas, en la sed de oro de los americanos. Su furiosa ansia de trabajar — que es un vicio típico del Nuevo Mundo — empieza ya a contagiar a la Vieja Europa, y a propagar por ella una extraordinaria esterilidad espiritual. Ahora nos avergonzamos de nuestro ocio; la meditación prolongada casi produce remordimientos […]. «Más vale hacer cualquier cosa que no hacer nada»: este principio es un ardid para dar el golpe de gracia a todas las formas superiores de cultura y de gusto […]. Y así se llegará hasta el punto de que ya nadie se atreverá a ceder a una inclinación por la vida contemplativa sin sentir arrepentimiento y vergüenza. Pues bien, antes sucedía lo contrario: un hombre de noble origen se esforzaba en disimular que trabajaba cuando le forzaba a ello la pobreza. El esclavo trabajaba abrumado bajo el peso del sentimiento de que hacía una cosa despreciable. Hoy en día, por una irónica paradoja, el lumpenproletariat está condenado al ocio forzado de un desempleo crónico y degradante, mientras que los miembros de la élite educada, cuyas profesiones liberales han sido transformadas en máquinas dementes de hacer dinero, se condenan a sí mismas a la esclavitud de un trabajo abrumador que no cesa ni de día ni de noche, sin tregua, hasta que revientan en la tarea, como acémilas aplastadas por su propia carga.”

Y así una letra detrás de otra, párrafo tras párrafo, desmontando algunas de las ideas fuerza que nos conforman como sociedad. Leys habla de la muerte y de la belleza, de la literatura y de la estupidez, del miedo, de la masa y por encima de todo, Leys diserta sobre el hombre.

Háganse un favor y lean este volumen.

Escribiendo

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