Los peces no cierran los ojos

Los peces no cierran los ojos

Y el protagonista tampoco los cerró durante su primer beso.

Un hombre, Napolitano, de sesenta años, recuerda el verano que vivió medio siglo antes.

El niño de diez años que fue, luchaba por salir del cascaron de la infancia para tratar de entrar en la pubertad, sin lograrlo. Su padre estaba en América y su madre lo acompañaba en la isla del sur de Italia, en una de esas vacaciones antiguas que duraban un verano entero, casi una vida para un niño.

Hay mar, pescado, playa y pescadores. Hay una niña con la que explorar el deseo de descubrir al otro, la búsqueda infantil del amor de los mayores. Y hay, sobre todo, una prosa elegante y contundente, dulce y descreída a la manera del sur:

“Septiembre es un renacimiento de la nariz, vuelven los olores aplastados por el calor. Han bastado cuatro gotas y la tierra se ha despertado, como mi cara por las mañanas sobre la palangana. Ha subido por el aire la adherencia de la resina del pino, de los algarrobos, de los higos chumbos. Nada de salir al mar, el ábrego ha dejado en la orilla a los pescadores. Sopla meridional y pendenciero, sin dejar que nadie tienda la ropa. Me gusta el napolitano que dice, a la española, «viento» y «tiempo». Enfila el quiebro de una «i» en vento y tempo que los vuelve avispados, insolentes y escurridizos.”

El viento y el mar, y el cordón umbilical entre el sur de Italia y España son temas que aparecen una y otra vez en la literatura de di Luca.

“Mamá estuvo siempre a mi lado, aquel día y el sucesivo. Me contaba historias de la posguerra, de cuando la ciudad, una vez acabados los disparos, empezaba su convalecencia. Con los americanos en Nápoles, habían llegado unas cuantas cosas buenas: harina blanca, el trigo que venía de las grandes praderas del Oeste. De Kansas, estaba escrito en los sacos. Yo pensaba en los campesinos que habían plantado el trigo en las llanuras, en el sol que lo había criado, en el barco que lo había traído sobre el mar. Aquélla era la paz, la buena voluntad, el pan blanco sobre la mesa, de aroma delicioso. La guerra, en cambio, olía mal, apestaba, era fétida.”

Aquí el niño, que lee y escribe, revela cómo se entrena la habilidad primera de cualquier cuentacuentos; imaginar cómo pasan las cosas, de dónde viene ese trigo y cómo eran los campesinos que lo habían plantado en las llanuras.

“Entonces como ahora, prefiero el libro antes que la película, por razones de precedencia. No ocurre que un libro se base en una película.”

“Seguía siendo verdadera la definición de mi abuela materna, decía que iba armado de piedra pómez y hierro de tejer, «preta pòmmice e fierro ‘e cazetta». Era mi dotación, armado de una piedra sin peso y de un hierro que se doblaba enseguida. Me lo repetía volviendo a casa. El napolitano sabe azotar. En ningún otro idioma siento la úlcera de un insulto. Quien me lanza uno en italiano es como el que tira una piedra a la sombra en vez de al cuerpo.”

La rotundidad del idioma mestizo del mezzogiorno que define al autor y a su personaje.

Una maravilla.

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