Jose Luis Peixoto

Algo bueno de la lectura es poder descubrir, de tanto en tanto, a autores como Jose Luis Peixoto. También que es una actividad que se puede realizar cuando te has roto la cabez del cúbito del brazo derecho; reseñar es otra cosa. El médico que me atendió en urgencias estaba aún más consternado que yo cuando le dije que escribía, se tomo muchas molestias hablándome de la rehabilitación, las posibles secuelas en movimientos pronos, supinos y de flexo-extensión.

Pero sigamos con Peixoto. Este texto es la mejor prosa poética que he leído. Cabalga entre el mundo de la narración y los versos de una forma elegante y rotunda. El tema; homenaje al padre muerto, de tono elegíaco, se presta.

Están los sentimientos de pesar, la cal en las paredes, el sol y la crudeza deliciosa del Alentejo rayano, esa parte del lebensraum extremeño que pertenece a Portugal.

A pesar de contar con apenas 60 páginas, he necesitado de tres sentadas para digerir tanto dolor. Y es que hay un padre enfermo de cáncer que se despide de la familia con ese silencio tan elegante, con ese desangrarse literal y metafórico. Hay camas de hospital, cadáver caliente y velatorio. Y están todos los gestos aprendidos, los lugares compartidos, las enseñanzas del padre y la voluntad del hijo de seguir arando el surco en la misma dirección.

Cuando dentro de unos lustros la academia sueca busque un candidato de la lusofonía para el Nobel, tendrá necesariamente que considerar a Peixoto. Este librito tan denso, tan pequeño en tamaño y tan grande en horizontes es, por derecho propio, una obra magnífica que justifica una carrera literaria.

Escribiendo

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